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Comunidad de gracia: la historia de David

La vida de David está llena de enseñanzas y no sólo los episodios más conocidos de su victoria sobre Goliat y el adulterio que cometió con Betsabé. Toda su vida es una mina de motivos de reflexión, aun en los episodios en que David deja de ser un héroe, olvidado por el pueblo que lo admiraba y cantaba sus hazañas (1 Sa 18.7), y más bien la popularidad le había dado las espaldas.

El libro de Samuel —en sus dos partes— es una de las obras maestras de la literatura universal de todos los tiempos. Uno de los pasajes más bellos —mi preferido entre todos sus episodios por los sentimientos encontrados que expresa— es el del retorno avergonzado del ejército que había triunfado sobre las huestes de Absalón. Fíjense en la paradoja: El ejército triunfante regresa a casa avergonzado de su victoria porque el rey, en vez de celebrarla, llora la muerte de su hijo derrotado. Para él valía más la vida de su hijo rebelde que la de sus soldados fieles. Ese reproche le hará Joab indignado más adelante.

«Dieron aviso a Joab: He aquí el rey llora, y hace duelo por Absalón. Y se volvió aquel día la victoria en luto para todo el pueblo; porque oyó decir el pueblo aquel día que el rey tenía dolor por su hijo. Y entró el pueblo aquel día en la ciudad escondidamente, como suele entrar a escondidas el pueblo avergonzado que ha huido de la batalla. Mas el rey, cubierto el rostro, clamaba en alta voz: ¡Hijo mío Absalón, Absalón, hijo mío, hijo mío!» (2 Sa 19.1–4).

Normalmente cuando un ejército obtiene la victoria retorna a casa eufórico, contento y celebrando su triunfo, y los soldados son aclamados en las calles por la población jubilosa y agradecida. Pero esta vez, pese de haber salvado a las poblaciones que permanecieron fieles a David, los soldados regresaron con la cabeza gacha, humillados, como quienes han sido derrotados, escondiéndose de la gente como si debieran sonrojarse de haber triunfado. En lugar de recibirlos en triunfo y felicitarlos, el rey se aparta y llora desconsolado la muerte de su hijo que se alzó en armas contra él para destronarlo.

¡Oh David! ¡Tanto amabas a ese hijo traicionero que buscaba tu mal y que no te respetaba! ¡Aquel que no respetó a tus mujeres y que te humilló públicamente acostándose con ellas a la vista de todos! (2 Sa 16.2122) ¿No debieras tú mismo con tus propias manos haberlo castigado? ¿No estabas declarando con tu indulgencia que tú toleras el pecado y tolerándolo lo alientas? ¡Oh David! ¡Cómo te traicionan tus sentimientos! ¿Tanto habías amado a su madre, que no fue sino una de tus tantas mujeres?

Cuando diste instrucciones a tus capitanes le encargaste a todos, a oídos de todo el pueblo, que trataran benignamente al rebelde Absalón por amor de ti y respetaran su vida (2 Sa 18.5). ¿Seguirías tratándolo como si fuera un niño aunque ya fuera un adulto de treinta años? ¿No recordabas cómo había intrigado contra ti tratando de robarte el cariño del pueblo, haciéndote aparecer como un soberano indiferente al sufrimiento de sus súbditos? (2 Sa 15.1–6)

Entonces él, abusando de tu cariño de padre, hacía campaña para ganarse el favor del pueblo. ¡Cuán artero era su corazón! ¡Cuán lleno de malos sentimientos y desnaturalizado! Su muerte temprana fue un merecido castigo. ¡Y tú, en lugar de agradecer a Dios que te haya librado del mal hijo, te lamentas de no poder abrazarlo vivo!

Pero ¿no se porta muchas veces Dios con nosotros de esa manera? ¡Cuántas veces hemos traicionado a nuestro Padre, le hemos dado la espalda a la vista de todos! ¡Cuántas veces hemos hecho que la gente blasfeme de su nombre al ver nuestra mala conducta, y en lugar de castigarnos nos ha tendido la mano!

David en su ancianidad había cambiado sus manos teñidas de sangre por manos de misericordia y su voz de guerrero aguerrido por las lágrimas de un padre enlutado. ¡Qué frágil y humano eres David en tu debilidad y cómo se asemeja tu corazón al de Dios al volverte tan vulnerable! («Como el padre se enternece por sus hijos, se enternece el Señor por los que le temen» Sal 103.13)

Por eso cuando te trajeron la noticia de que tu hijo había muerto prorrumpiste en sollozos clamando: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón! ¿Quién me diera que muriera yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!» (2 Sa 18.33) (1).

Tú hubieras querido morir en lugar de tu hijo, preferirías que él viviera y no tú. Esos fueron tus sentimientos de padre amante al enterarte de la muerte de tu hijo ingrato. Tú tuviste esos sentimientos, pero Dios no sólo los tuvo sino que llevó ese sentir a la práctica cuando Jesús murió en la cruz para que nosotros viviéramos. Él nos amó al punto de poner su vida para expiar nuestros pecados, ya que nosotros no podíamos hacerlo. Por eso dice bien la Biblia que tú, David, pecador como eras, tenías un corazón conforme al corazón de Dios (Hch 13.22; 1 Sa 13.14).

En otro tiempo la muerte de Saúl y de tu amigo Jonatán había estimulado tu vena poética y habías lamentado su muerte en endechas a oídos del pueblo (1 Sa 1.1–17). Y cuando Abner fue asesinado cruelmente por Joab, habías proclamado un luto nacional en su memoria y, tomando la cítara, habías cantado a su muerte haciendo que el pueblo llorara contigo (2 Sa 3.31–35). Y cuando en tu luto te negaste a comer tu conducta agradó al pueblo cuando lo supo, «pues todo lo que el rey hacía agradaba a todo el pueblo» (2 Sa 3.36).

Pero ¿agradaría ahora al pueblo tu duelo en esta ocasión y los lamentos por tu hijo con que les pagabas mal que hubieran arriesgado su vida por ti? ¡Oh David, en lugar de premiarlos como se merecían, les hacías sentirse culpables de su valentía y de su devoción por ti! ¡Pero qué fieles te eran y cómo te amaban, al punto de que, por consideración a tu dolor, renunciaron a la algazara natural con que hubieran podido celebrar su victoria, y más bien, retornaron en silencio!

¿Cómo recibirían las mujeres a sus maridos vencedores al retornar de la batalla llenos de polvo y sudorosos? ¡Seguro que no les mirarían a la cara ni los abrazarían llorando de alegría por tenerlos de vuelta, sino que ellos se avergonzarían delante de sus mujeres por haber vencido al enemigo y haberte causado tanta pena!

56. «Entonces Joab vino al rey en la casa, y dijo: Hoy has avergonzado el rostro de todos tus siervos, que hoy han librado tu vida, y la vida de tus hijos y de tus hijas, y la vida de tus mujeres, y la vida de tus concubinas, amando a los que te aborrecen, y aborreciendo a los que te aman; porque hoy has declarado que nada te importan tus príncipes y siervos; pues hoy me has hecho ver claramente que si Absalón viviera, aunque todos nosotros estuviéramos muertos, entonces estarías contento». ¡Qué tremendo reproche! ¡Amas a los que te aborrecen y aborreces a los que te aman! Pero ¡cuántas veces hacemos lo mismo! Hacemos favores y somos gentiles con los que son nuestros verdaderos enemigos y nos portamos mal con los que son nuestros aliados. Hacemos eso porque estamos ciegos. Nuestros sentimientos, nuestras debilidades nos ciegan y de esa manera amamos nuestro mal y nos precipitamos en él. No reconocemos nuestro bien porque es camino difícil y no escuchamos a nuestros amigos porque no nos dicen lo que deseamos oír, sino la verdad que no deseamos escuchar, eso hablan.

David había sido un padre consentidor, que no supo disciplinar a sus hijos cuando debió hacerlo. Por ejemplo, no castigó a Amnón por haber violado a su hermana Tamar (2 Sa 13.1–14), ni a Absalón por haber matado en venganza a su medio hermano (2 Sa 13.20–29). Él nos les podía reprochar a sus hijos los pecados con el sexo opuesto que él había cometido en su juventud, aunque después hubiera escrito: «De los pecados de mi juventud no te acuerdes» (Sal 25.7).

Si bien exagerados, los reproches de Joab tenían mucho de verdad, porque si Absalón hubiera triunfado no habría perdonado la vida de los demás hijos de David y la de sus seguidores, así como tampoco la de sus familiares. Todos ellos fueron salvados de una muerte segura por las tropas que los defendieron contra Absalón. Pero Joab pudo haber hablado con tanta dureza también para calmar su conciencia, pues era él quien, desobedeciendo la orden expresa de David, mató a Absalón (2 Sa 18.9–15). Sin embargo, en ese acto de desobediencia adrede hubo mucha previsora prudencia: mientras el líder estuviera vivo, la rebelión no abatiría completamente y se mantendría latente, como de hecho ocurrió más tarde con Seba (2 Sa 20). Hay semillas de rebelión que son difíciles de eliminar.

78. «Levántate pues, ahora, y ve afuera y habla bondadosamente a tus siervos; porque juro por Jehová que si no sales, no quedará ni un hombre contigo esta noche; y esto te será peor que todos los males que te han sobrevenido desde tu juventud hasta ahora. Entonces se levantó el rey y se sentó a la puerta, y fue dado aviso a todo el pueblo, diciendo: He aquí el rey está sentado a la puerta. Y vino todo el pueblo delante del rey; pero Israel había huido, cada uno a su tienda». El consejo que le da Joab es sabio. Con muy buen tino le advierte a David: «Tú tienes ahora la oportunidad de recuperar el favor del pueblo. Pero estás en una encrucijada: O te los ganas ahora o los pierdes para siempre». Comprendiendo David lo acertado del consejo, enjuga sus lágrimas y sale a la puerta de la casa para mostrarse al pueblo que quería verle la cara.

910. «Y todo el pueblo disputaba en todas las tribus de Israel, diciendo: El rey nos ha librado de mano de nuestros enemigos, y nos ha salvado de mano de los filisteos; y ahora ha huido del país por miedo de Absalón. Y Absalón, a quien habíamos ungido sobre nosotros, ha muerto en la batalla. ¿Por qué, pues, estáis callados respecto de hacer volver al rey?» Los rebeldes de las tribus del Norte comprendieron que su caudillo había sido vencido y estaba muerto. Reconocieron su locura de haber seguido a un advenedizo que no sólo se había rebelado contra su padre sino contra el verdadero ungido del Señor, y empezaron a echarse la culpa de su desvarío el uno al otro. Entonces se acordaron de lo mucho que le debían a David, de cómo él los había salvado tantas veces de la mano de los filisteos y cuán ingratos habían sido con él. Entonces se acordaron de que no tenían otro rey verdadero que el hijo de Isaí, y empezaron a hablar de hacerlo volver a su casa y al trono. Discutían entre sí achacándose los unos a los otros la culpa de su conducta al haberse dejado seducir por Absalón. En las buenas todos se atribuyen el mérito, en las malas nadie asume la responsabilidad.

11–13. «Y el rey David envió a los sacerdotes Sadoc y Abiatar, diciendo: Hablad a los ancianos de Judá, y decidles: ¿Por qué seréis vosotros los postreros en hacer volver el rey a su casa, cuando la palabra de todo Israel ha venido al rey para hacerle volver a su casa? Vosotros sois mis hermanos; mis huesos y mi carne sois. ¿Por qué, pues, seréis vosotros los postreros en hacer volver al rey? Asimismo diréis a Amasa: ¿No eres tú también hueso mío y carne mía? Así me haga Dios, y aun me añada, si no fueres general del ejército delante de mí para siempre, en lugar de Joab.» Superado el duelo, David recupera su sentido político y la conciencia del papel que le corresponde desempeñar como rey. Entonces en lugar de vengarse de los que se habían plegado al rebelde Absalón, él inicia una sabia política de reconciliación mostrando clemencia con los príncipes de Judá vencidos y calmando sus temores de que él pudiera tomar represalias contra ellos (2).

Al decir «mis huesos y mi carne sois» (frase que es un eco de la exclamación de Adán al ver por primera vez a Eva, Gn 2.23), les recuerda los lazos tribales y de parentesco que los unen.

Esta labor diplomática no la hace David personalmente sino enviando a los sacerdotes Sadoc y Abiatar como embajadores, es decir, a los de más alto rango de su corte. Hubiera habido otro resultado de sus gestiones si los mensajeros hubieran sido de menor categoría. «A tal señor, tal honor» —dice un refrán oportuno. Esto es, aplicado pragmáticamente, honra a los que te quieras ganar.

Igualmente, con el general Amasa, que había comandado al ejército de Absalón, (y que, de paso, era su sobrino) se muestra generoso ofreciéndole nombrarlo general de su ejército, en lugar de Joab, con el cual tenía varias cuentas pendientes. Pero esta promesa, hecha públicamente, le costó a Amasa la vida, pues Joab no dudó en eliminar a su rival en la primera ocasión que se le presentara (2 Sa 20.4–12).

La relación de David con Joab muestra la ambivalencia frecuente de las relaciones entre el soberano y su mano derecha, de recíproca dependencia, mutua desconfianza y rivalidad (3). Pero David tenía motivos para confiar en la destreza de Joab, que fue además su cómplice en el asesinato del fiel Urías (2 Sa 11.14–25), aunque se resiente de sus intrigas para influenciar sus decisiones, (como la que narra 2 Sa 14.1–20) y de la forma insolente cómo lo critica y aconseja. Sobretodo detestó que asesinara a Abner (2 Sa 3.22–28) y por ese motivo lo maldijo (Véase los versos 29–39, en especial el último). Por otro lado, podemos pensar que al haberlo involucrado en el complot indigno contra el fiel Urías, David se rebajó ante los ojos de Joab e hizo que él le perdiera todo respeto. Los que son cómplices de nuestros pecados íntimos rara vez nos aprecian.

1415. «Así inclinó el corazón de todos los varones de Judá, como el de un solo hombre, para que enviasen a decir al rey: Vuelve tú, y todos tus siervos. Volvió, pues, el rey, y vino hasta el Jordán. Y Judá vino a Gilgal para recibir al rey y para hacerle pasar el Jordán». La conducta generosa de David conquista el corazón de sus súbditos que se sentían culpables de haberle dado la espalda siguiendo a un advenedizo. La generosidad con los vencidos hace la grandeza de los reyes, la mezquina venganza tiene el efecto opuesto.

El pueblo de Judá vino hasta Gilgal, lugar histórico donde el pueblo de Israel estableció su primer campamento al cruzar el Jordán, donde Josué circuncidó a todos los varones y donde celebraron la primera Pascua desde que salieron de Egipto (Jos 5.1–12). Ir al encuentro de David en ese lugar para ayudarlo a atravesar el Jordán tenía un alto valor simbólico, como si él, cual nuevo Josué, conquistara de nuevo la Tierra Prometida (4).

Recordemos que Josué y el pueblo de Israel pudieron atravesar el Jordán frente a Gilgal porque Dios hizo detener el curso caudaloso de las aguas y entonces ellos pudieron pasar el cauce en seco (Jos 3.13–17). Sin el socorro de ese milagro David y su séquito —que al huir de Absalón se habían refugiado en Manahaim de Galaad— necesitaban de una ayuda más mundana para sortear las corrientes del río. Entretanto las diez tribus de Israel estaban expectantes, no se movían, salvo algunos, posiblemente esperando el giro que tomarían los acontecimientos, o esperando que David hiciera con ellos un gesto amistoso como el que tuvo con Judá.

16–23: «Y Simei hijo de Gera, hijo de Benjamín, que era de Bahurim, se dio prisa y descendió con los hombres de Judá a recibir al rey David. Con él venían mil hombres de Benjamín; asimismo Siba, criado de la casa de Saúl, con sus quince hijos y sus veinte siervos, los cuales pasaron el Jordán delante del rey. Y cruzaron el vado para pasar a la familia del rey, y para hacer lo que a él le pareciera. Entonces Simei hijo de Gera se postró delante del rey cuando él hubo pasado el Jordán, y dijo al rey: No me culpe mi señor de iniquidad, ni tengas memoria de los males que tu siervo hizo el día en que mi señor el rey salió de Jerusalén; no los guarde el rey en su corazón. Porque yo tu siervo reconozco haber pecado, y he venido hoy el primero de toda la casa de José, para descender a recibir a mi señor el rey. Respondió Abisai hijo de Sarvia y dijo: ¿No ha de morir por esto Simei, que maldijo al ungido de Jehová? David entonces dijo: ¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia, para que hoy me seáis adversarios? ¿Ha de morir hoy alguno en Israel? ¿Pues no sé yo que hoy soy rey sobre Israel? Y dijo el rey a Simei: No morirás. Y el rey se lo juró». También Simei, que había maldecido vilmente a David en su huida (2 Sa 16.5–13) viene a implorarle perdón con frases hipócritas y a reconciliarse con él. David se lo concede, a pesar de que Abisai se opone y quiere castigar al traidor. Recordemos que en el primer encuentro con Simei, del que aquí se hace mención, Abisai había querido castigar la insolencia del traidor decapitándolo, pero David se lo impide en una de las escenas más conmovedoras de su patética huida, y en la que él reconoce la justicia de la humillación que está sufriendo (2 Sa 16.9–13). Seguramente en esa ocasión David recordó la profecía que Natán había pronunciado cuando vino a reprocharle su crimen y su adulterio, diciendo que en adelante la espada no se apartaría de su casa, profecía cuyo trágico cumplimiento él estaba viendo.

«¿Ha de morir hoy alguno en Israel?» Esta frase de David muestra la sabiduría de su política clemente. ¿Ha de morir la gente de la cual yo soy rey también? Si yo me vengo hoy en una de las cabezas de Benjamín, todos los de esa tribu me tomarán aversión. Simei, hombre cauto, había tomado la precaución de venir acompañado de 1000 hombres de su pueblo, como para mostrar la influencia que él tenía en su tribu. David capta el mensaje y le jura que respetará su vida, pero no lo perdona. Sólo posterga la venganza. Salomón será el encargado de ejecutarla, «haciendo descender sus canas al Sheol con sangre» (Véase 1 Re 2.89).

24–30. «También Mefi-boset hijo de Saúl descendió a recibir al rey; no había lavado sus pies, ni había cortado su barba, ni tampoco había lavado sus vestidos, desde el día en que el rey salió hasta el día en que volvió en paz. Y luego que vino él a Jerusalén a recibir al rey, el rey le dijo: Mefi-boset, ¿por qué no fuiste conmigo? Y él respondió: Rey señor mío, mi siervo me engañó; pues tu siervo había dicho: Enalbárdame un asno, y montaré en él, e iré al rey; porque tu siervo es cojo.  Pero él ha calumniado a tu siervo delante de mi señor el rey; mas mi señor el rey es como un ángel de Dios; haz, pues, lo que bien te parezca.  Porque toda la casa de mi padre era digna de muerte delante de mi señor el rey, y tú pusiste a tu siervo entre los convidados a tu mesa. ¿Qué derecho, pues, tengo aún para clamar más al rey?  Y el rey le dijo: ¿Para qué más palabras? Yo he determinado que tú y Siba os dividáis las tierras. Y Mefi-boset dijo al rey: Deja que él las tome todas, pues que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa». El encuentro con Mefi-boset, el hijo de Jonatán con quien David había sido tan generoso (2 Sa 9), era más delicado. En esta ocasión David se muestra no sólo comprensivo sino también consecuente con sus propios errores, porque, aunque percibe que Siba pudo haberlo engañado cuando vino a su encuentro durante su huida acusando a Mefi-boset de haberse puesto de lado de Absalón cuando éste triunfaba (2 Sa 16.1–4), ya le había empeñado su palabra de darle los bienes del príncipe inválido, y no quiso desdecirse. Entonces cortando por lo sano todo argumento ulterior (es posible que Siba estuviera presente y quisiera defenderse), determina que ambos se repartirán los bienes. Sin embargo, eso no quita la injusticia de su decisión precipitada, pues pudo haber investigado más a fondo cuál de los dos mentía y, obtenida la prueba de la malicia de Siba, como parece haber sido el caso, haberlo castigado restituyendo al hijo de Jonatán todos los bienes. Éste, por su lado, muestra que no estaba interesado en ellos sino en sólo recuperar la amistad de su protector (5).

40–43. «El rey entonces pasó a Gilgal, y con él pasó Quimam; y todo el pueblo de Judá acompañaba al rey, y también la mitad del pueblo de Israel. Y he aquí todos los hombres de Israel vinieron al rey, y le dijeron: ¿Por qué los hombres de Judá, nuestros hermanos, te han llevado, y han hecho pasar el Jordán al rey y a su familia, y a todos los siervos de David con él? Y todos los hombres de Judá respondieron a todos los de Israel: Porque el rey es nuestro pariente. Mas ¿por qué os enojáis vosotros de eso? ¿Hemos nosotros comido algo del rey? ¿Hemos recibido de él algún regalo? Entonces respondieron los hombres de Israel, y dijeron a los de Judá: Nosotros tenemos en el rey diez partes, y en el mismo David más que vosotros. ¿Por qué, pues, nos habéis tenido en poco? ¿No hablamos nosotros los primeros, respecto de hacer volver a nuestro rey? Y las palabras de los hombres de Judá fueron más violentas que las de los hombres de Israel». Vale la pena notar que cuando finalmente David atraviesa el Jordán, sólo una parte de los de Israel lo acompaña y, aparentemente ninguno de los hombres principales, sino sólo el pueblo. Los príncipes quizá estaban resentidos de no haber sido objeto de la misma cortesía que David usó con su propia tribu (Véase vers. 13).

En estos versículos aparece la rivalidad antigua entre las dos tribus del Sur y las diez del Norte, que más adelante dará origen a la división del reino (2 Re 12) (6). Los de Judá no esperaron a los príncipes de Israel para hacer pasar a David al otro lado del Jordán, a pesar de que estos habían sido los primeros en proponer que David fuera reinstaurado en el trono. Estos alegan: nosotros somos más numerosos pues somos diez tribus contra dos de ustedes. Tenemos más derecho a David que vosotros. Ellos en efecto pensaron primero en traerlo pero no lo pusieron por obra. (Notemos cómo las buenas intenciones no llevadas a cabo no obtienen buenos resultados). Por ese motivo los de Judá les responden duramente y con sarcasmo diciéndoles que no tienen nada que reclamar.

Esa fue una disputa de palabras que felizmente no degeneró en lucha abierta. Pero David prudentemente no quiso meterse en esa pelea. ¿Qué hubiera ganado si hubiera querido mediar entre ellos? Que ambas partes lo odiaran, porque difícilmente hubiera podido contentar a los dos a la vez.

Notas:

(1) La demostración de pena aguda que hizo David esta vez contrasta fuertemente con la tranquilidad con que asumió la muerte del hijo que Betsabé le había dado a poco de nacido (2 Sa 18.33).¿Por qué la diferencia? Al niño pequeño no había tenido tiempo de amarlo; en cambio, Absalón debe haber tenido desde niño cualidades de belleza y simpatía que hicieron que su padre se encariñara con él. Los padres son muchas veces ciegos en sus preferencias.

(2) Es curioso que David tienda la mano primero a los de su tribu que lo habían abandonado y que no pensaban todavía en restaurarlo al trono, y no  a los de Israel, que ya pensaban reivindicarlo. En David el llamado de la sangre era más fuerte que el sentido de equidad. ¡Cuántas veces también a los hombres los lazos de parentesco y de amistad les nublan el sentido de proporción y  de justicia!

(3) De ello hay muchos ejemplos famosos en la historia: Luis XIII de Francia y su ministro Richelieu; Enrique VIII y Tomás Moro —el más noble de los hombres según sus contemporáneos— a quien el rey mandó matar; el emperador Guillermo I de Alemania y Bismark, el «canciller de hierro», arquitecto de la unidad alemana; Isabel I de Inglaterra, la «reina virgen» y su intrigante primer ministro, Lord Cecil, etc.

(4) Mathew Henry observa bellamente que así como David no quiso retornar a Jerusalén sin que sus habitantes lo invitaran —hubiera podido retornar, de haberlo querido, al frente de sus tropas y llevado por las armas— Jesús no desea entrar en el corazón de nadie sin haber sido invitado a reinar en él.

(5) Según el Talmud la decisión injusta de David tuvo repercusiones futuras: «Cuando David dijo a Mefiboset, tú y Siba dividirán el campo, se oyó una voz celestial que dijo Roboam y Jeroboam se dividirán el reino» (1 Re 12).

(6) Se recordará que David fue rey primero únicamente de Judá en Hebrón (2 Sa 2.1–4) y sólo después de la derrota del partido de Saúl las 10 tribus del Norte vinieron a rendirle pleitesía y a reconocerlo como rey (2 Sa 5.1–5).

 

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